Volví al retiro de fin de semana en la pradera después de ocho meses, y lo que más me sorprendió no fue el lugar, que sigue igual de cuidado, sino cómo había cambiado mi forma de llegar. La primera vez vine buscando respuestas rápidas; esta vez llegué con una pregunta concreta sobre mi relación y con la disposición de escuchar sin defenderme.
El programa fue distinto al de mi primera visita. Los facilitadores ajustaron las dinámicas grupales según quienes estábamos, y eso se notó desde la sesión de respiración del sábado por la mañana. No repitieron el guion; trabajaron con lo que cada uno traía. En la práctica de comunicación en pareja, que hicimos en círculo, pude nombrar algo que llevaba meses callando, sin sentir que me juzgaban.
Lo que más valoro de esta segunda experiencia es que no intentaron venderme una transformación. Simplemente sostuvieron el espacio, con horarios claros y comidas sencillas, y me dejaron hacer mi propio proceso. Salí con más claridad que la primera vez, no porque el retiro fuera mejor, sino porque yo llegué distinta. Eso, para mí, es la señal de que el trabajo de fondo funciona.